Remedios

Remedios duerme poco. Desde la madrugada Remedios espera pacientemente en la cama a que las auxiliares vayan a levantarla; pero en realidad no espera. Remedios no conoce ya la diferencia entre el día y  la noche, entre comer y no comer, entre sus hijos y los extraños, y por eso ya no espera nada de nada ni de nadie. Remedios pasa el día sentada junto a la ventana, las manos sarmentosas descansando sobre la falda, el rostro girado hacia el cristal y la mirada ausente que no reconoce nada allí fuera.

Tan sólo hay un momento, cada día, en que los ojos de Remedios vuelven a brillar y algo que asemeja una sonrisa se dibuja en su boca. Cada tarde, una joven desconocida vestida de blanco, se le acerca y deja sobre la mesa un plato con dos rebanadas de pan frito. Y Remedios vuelve a comer el pan que su padre acaba de freír para el desayuno.

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La casa

Volví a la casa por obligación, sin ningún afecto. Volví porque, muerto mi padre, alguien tenía que hacerse cargo de las gestiones y las cosas. Nunca como entonces deseé tanto haber tenido un hermano en el que apoyarme.

Entré como si el muerto fuera yo o como un extraño que da las luces y abre las puertas  y entra en las habitaciones como si estuvieran vacías. Vacías,  no; me daba cuenta, aun sin mirar, de que todo estaba en su sitio, de que todo seguía igual que la última vez, cuando madre me seguía por el pasillo, ahogando los sollozos con el mandil que arrugaba sobre la boca, sin decir nada, sin atreverse a decir nada, y yo salía de allí para no volver. No sé qué me empujó más a irme de aquella casa de hielo, si los gritos castrantes de mi padre o los silencios humillados de mi madre.

En realidad, sólo había sido feliz allí cuando chico, y no siempre. Mi único recuerdo feliz era el del abuelo, el padre de mi madre, cuando se sentaba en una silla de enea, al lado de la aspidistra del patio, y me contaba historias antiguas mientras yo merendaba pan con chocolate. Me fui como un sonámbulo hasta allí. Allí seguía la silla, con el asiento despellejado y seco y la madera aballada; pero no estaba la aspidistra. Mi madre cuidaba aquella planta que apenas necesitaba cuidados como si fuera el hijo pequeño que nunca llegó después de mí; la trasplantaba de cuando en cuando a un tiesto más grande cada vez, y le separaba hijos que plantaba en tiestos nuevos y colocaba alrededor del patio. No quedaba nada allí; una vez muerta mi madre, mi padre habría sido incapaz de cuidar de ellas, como no supo cuidar nunca de nosotros. Sólo quedaba una huella redonda en el suelo, la que había dejado el fondo de la maceta posada allí durante años; una circunferencia como de óxido bordeando un trozo pálido del patio escondido de la luz. Me quedé eclipsado mirando aquel vacío, la puerta del patio aún entreabierta y yo en el medio, sin entrar ni salir. Mi propio vacío  se rodeó de una herrumbre que me arañó la garganta como si tragara puntas oxidadas.

Me dejé caer en la silla del abuelo y me eché a llorar a borbotones.

 

(De las memorias de Ismael Blanco)

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En la estación

Yo entonces viajaba con frecuencia a la capital. Estaba haciendo un seminario a base de sábados y le había cogido el gusto a desayunar en la estación al llegar, y coger fuerzas hasta el final de la mañana, casi la tarde ya, cuando nos dejaban parar para comer.

Un día de estos, en medio de mi pequeña y provinciana rutina, se me acercó una mujer joven aún, extremadamente delgada, con un bolso a la espalda, correctamente vestida y peinada cuidadosamente con el cabello recogido en una cola sobre la nuca. Tenía los ojos azules, acuosos, tan dulces como el mar tranquilo del amanecer de aquellos días junto a Clara.

El recuerdo de Clara cambió de lugar y se alojó en mi garganta; por la felicidad de aquellos días y por el dolor que le siguió después.

La mujer, sin acercarse demasiado a mí, como si cuidara de no invadirme, me pidió algo de comer porque estaba temporalmente en la calle y estaba enferma.  Me tembló la voz cuando le dije que esperara un momento; porque yo necesitaba un momento para tragar saliva y pestañear, para dejar de dolerme por Clara, enferma también y lejos de mí. Rebusqué en el bolsillo del pantalón y le di un billete -ni siquiera sé de cuánto era- mientras ella dijo algo que no escuché. A miles de kilómetros de aquella estación, donde quiera que Clara estuviera, tenía que haber alguien capaz de secarle el sudor de la frente febril, de posarle una mano en el hombro pidiéndole calma, de susurrarle que todo iría bien. Tenía que haber alguien así cerca de ella. Alguien que la ayudara como hacía ahora yo con esta mujer anónima. ¡Por Dios, tenía que ser así…!

 

(De las Memorias de Ismael Blanco)

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La venganza

Sólo había una mujer pidiendo en la pescadería. Le pareció una “señora bien”, una mujer en la setentena, el pelo rubio arreglado en un recogido de peluquería, un vestido fresco tipo camisola, zapatos de medio tacón y piel morena de playa. Preguntaba constantemente a la dependienta sobre las características de los pescados y compraba un poco de cada cosa. Cuando se volvió hacia ella para mirar unos calamares pudo ver que la mujer iba maquillada discretamente, a no ser por el perfilador oscuro que rodeaba unos labios demasiado gruesos para ser naturales. Cuando preguntaba por la calidad de los gambones congelados, con ese tono habitual que se utiliza cuando necesitas comprar algo asequible de precio pero haces ver que lo desprecias por estar congelado, se dio cuenta de que la mujer llevaba el vestido del revés, el color de las listas lucía un poco desvaído y se veían las costuras sobre de la tela.

La mujer comentó sin que nadie preguntara que acababa de llegar de Galicia, donde había estado de vacaciones y había comido muchísimo y excelente pescado, pero aun así quería llevarse algunas cosas más. Después preguntó por las almejas blancas. Exactamente dijo: “¿Las almejas blancas son portuguesas, verdad?”. La dependienta se apresuró a responder con entusiasmo: “Sí, señora, vienen de Portugal”. La mujer dijo entonces: ¿Pero son buenas, no?

Le faltó decir “a pesar de ser portuguesas”, pero la pescadera lo entendió igualmente y defendió con entusiasmo la calidad de aquellas almejas que no eran gallegas.

Ella pensó que ya había escuchado demasiadas sandeces. Se acercó a la mujer y en voz baja, que la dependienta pudo oír también, le dijo “Disculpe, señora, pero no se ha dado cuenta de que tiene el vestido del revés”.

La mujer ahogó una exclamación tapándose la boca con la mano y empezó a moverse como si buscara un sitio en el que poder esconderse. Se desentendió de las almejas portuguesas y se la oyó balbucir “ay, por dios, ay, por dios, ¿qué hago ahora?…”.

Fue como explotar un globo que sube en el aire. Y no se arrepintió.

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Las ceremonias de la muerte

Una vez, cuando éramos chicos, el profesor que nos daba Ciencias Naturales adormeció una rana con cloroformo, la despatarró sobre una tabla, la sujetó con alfileres y la abrió en canal para que viéramos sus órganos. Creo que ninguno de nosotros pensó entonces que la rana estaba muerta, nos pareció, más bien, que estaba dormida.

La muerte no era lejana entonces. Cuando chicos, criábamos conejos en casa. Llegado el momento, mi madre escogía uno de ellos, lo agarraba por las patas traseras y lo levantaba a la altura de los ojos, boca abajo. El animal se quedaba inmóvil y mi madre le daba un certero golpe en la nuca que acababa inmediatamente con él. A veces, necesitaba un segundo golpetazo. Después lo colgaba por una de las patas de una punta clavada en la pared y lo iba desnudando de aquel abrigo suave y algodonoso que ni siquiera sangraba.  Desprendía la piel con facilidad con un tirón mantenido, y, al llegar al pescuezo quedaba al descubierto el golpe, hinchado y sanguinolento. Luego, mi madre cercenaba las orejas por la base dejando las ternillas blancas y también el hocico, del que colgaba la piel entera, sonrosada y caliente.

También teníamos gallinas y criábamos pollos para engordarlos. Cuando llegaba el momento de matar alguno, mi madre le cruzaba las alas sobre la espalda haciendo un ocho para evitar aquel aleteo de loco, lo sujetaba entre las piernas o entre los codos y con la mano izquierda le doblaba la cabeza contra el pescuezo mientras con la derecha le arrancaba las plumas de la nuca. Después, con un cuchillo afilado, cortaba la piel desplumada y la sangre oscura empezaba a fluir por la herida. Entonces mi madre le volteaba un poco el pescuezo rajado y la sangre caía sobre un tazón lleno de miga de pan que revolvía con la punta del cuchillo.

En noviembre, con las primeras heladas nocturnas, nos despertábamos una mañana más pronto de lo normal. Todavía la luz era un poco gris, y llegaba envuelta en alaridos que erizaban la piel y hacían que me tirara de la cama inmediatamente. Esa mañana había gente por casa que yo no conocía, un hombre grande, vestido con un mono azul de trabajo que daba unos toques con la cheira a un enorme cuchillo y una mujeruca que se alquilaba para ayudar en las matanzas, casi enana y vestida de negro, con andares de pato por el desgaste de las caderas y las manos deformadas por la reúma. Habían venido también algunos vecinos, se necesitaban varios hombres para sujetar sobre el tajo al cerdo que íbamos a matar. El hombre del mono azul metía el cuchillo afilado en el centro de la garganta de aquel animal enorme y desesperado, y aseguraba el golpe empujando con movimientos circulares de la muñeca. Mientras, las mujeres acercaban un barreño de barro y recogían la sangre que chorreaba, negra y humeante. Yo miraba desde la puerta, los pies juntos y las manos a la espalda. Miraba a los hombres que sujetaban con todas sus fuerzas al cerdo hasta que dejaba de patalear, y a la mujer que recogía la sangre y la batía constantemente para que no se coagulara. Y miraba al matarife que sacaba finalmente el cuchillo ensangrentado, y la mano y el puño también.

La muerte no significaba entonces el final de la vida; la muerte de aquellos animales era el paso necesario para poder comerlos, por eso, seguramente, no pensábamos que la rana estuviera muerta también.

Pero también aprendimos en aquellos años que, cuando la gata o la perra parían, le dejaban las crías un día o dos para vaciar de leche a la madre y evitar las mastitis, y, si después no había ningún vecino que quisiera gato o perro, se los quitaban. No preguntábamos cómo, de pronto un día no estaban, y punto; pero todos sabíamos que les rompían el cuello o los tiraban al río metidos en un saco.

Y había quien ahorcaba un galgo colgándolo de un árbol porque, una vez terminada la temporada de caza, dejaba de ser útil y gastaba en comer. Y supongo, además, que esa forma de muerte era barata y ofrecía escasa dificultad, porque el animal no podía defenderse de  la mano que le ponía la cuerda alrededor del cuello, siendo la mano que cada día le daba de comer. O el espectáculo horrendo de la muerte de un novillo como símbolo de dominación sobre un animal noble y peligroso.

Y asistimos también a las antesalas de la muerte, los muchachos que apedreaban perros por puro y siniestro placer, torturaban gatos hasta dejarlos tullidos, ciegos o rabicortos, o inflaban una rana a través de una pajita para que no pudiera saltar con la barriga llena de aire…

¿Cómo podré explicarles todo esto a los muchachos? ¿Cómo podré hacerles ver que hay muertes inevitables, otras que sólo son útiles y otras que sólo son crueles? Tengo miedo de no ser un buen maestro; miedo de no hacer bien lo que tengo que hacer, enseñarles a mirar para que puedan decidir dónde quieren estar, dónde quieren quedarse…

“De las memorias de Ismael Blanco”

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Sobrevivir

Uno se acostumbra a sufrir. La piel va haciendo corteza y uno se acuclilla a su amparo; y así recibes los mismos golpes pero se te antojan más lejanos o más leves. Y uno sigue caminando por dónde antes creyó que no podría hacerlo, como un sonámbulo, sin ver el camino y sin mirar atrás. Pero sigue caminando. Quizás sólo se trate de eso, de no pararse nunca.

Eso era lo que intentabas explicarme. Eso fue lo que aprendí…

(De las memorias de Ismael Blanco)

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Miro atrás

Nada me importó entonces. A mí, que todo me importaba. Decidí no mirar atrás, no escuchar;  desoí  incluso esa voz que creía mía y amartillaba mi conciencia. Refrenando, siempre refrenando.  Y  decidí que tenía que arriesgarlo todo para no perderlo todo.

Ahora miro atrás y no sé dónde encontré el valor.

O quizás fue más fácil que eso, quizás sólo me dejé llevar hasta el siguiente puente.

Y desperté en otra orilla, en otro paisaje con verdes por descubrir, con vientos leves que mecen las hojas de los árboles y ventiscas que arrancan las ramas muertas. ¿Cómo iba a resistirme? Yo sólo tenía que empezar a caminar…

Y allí estaba el resto de mi vida.

(De las memorias de Ismael Blanco)

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