De piedra

Dijo que era médico. Y francotirador en Irak. Lo habían entrenado para ser un soldado de élite. Para sobrevivir en situaciones extremas. Para acechar y disparar. Para no pensar si aquellos hombres tenían hijos, queridos hijos, o una mujer que los esperaba en casa. Sólo eran blancos perfectos para su adiestrada puntería. Y malos. Eran los malos, el enemigo a batir. Estaba orgulloso. Y tranquilo.

Ahora, en tiempo de paz para él, había escrito un libro para contar su realidad. Y volvería a ser médico.

También contó que tenía un hijo, aún sin edad para ser soldado, pero al que educaba en los mismos valores que habían guiado su propia vida. Su hijo no había leído el libro. No le había dejado leerlo porque se decían muchos tacos en él.

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La flor

Cada día, durante los quince años y tres meses que estuvieron casados, al llegar del trabajo él le daba un beso en los labios y le ofrecía una flor recién cortada. Cada día, hasta su muerte. Él trabaja aún en una funeraria. Ella nunca preguntó. Él nunca tuvo que mentirle.

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De cojos

El tiempo es tan benévolo que invita a sentarse en los jardines y  las plazas. Estoy cansada de caminar y elijo un banco con el asiento de madera. Me dejo llevar. Tan sólo veo pasar la vida.

Un viejo deja un periódico gratuito sobre el banco de enfrente y, al momento, otro viejo lo recoge y se lo lleva. Pasan mujeres embarazadas, con los pies hinchados y enormes barrigas ceñidas por camisetas demasiado ajustadas. Pasan hombres y mujeres empujando carritos de niño y alguno de ellos se para a charlar con algún conocido, al resguardo del sueño del bebé, que no le mete prisa. Una niñita que no habrá cumplido los tres años, con un chupete en la boca, explora el cercado de hierro que delimita el césped y mira de reojo a su padre, que no la busca. Y pasan los cojos. Cada poco pasa un cojo, a veces, más de uno, con cojeras diferentes que los definen y  los identifican. Pasan sillas de ruedas con ancianos que ya no pueden caminar y salen, o los sacan, a tomar el sol de la mañana. Y mujeres mayores con sandalias liberadoras y pies maltrechos llenos de dedos torturados que las hacen cojear. Y un hombre joven que no sabe aún que tiene una pierna más corta que la otra y se inclina hacia un lado, ahora sí, ahora no. Y un hombre con el zapato izquierdo deformado porque, de niño, una rueda de carro le pasó por encima. Y una turista extranjera que lleva un aparato en el tobillo para que no se le caiga el pie cuando camina, pero, a pesar de todo, lo arrastra un poco. Y un niño que cojea ostensiblemente porque sus piernas de enano no han crecido por igual y sus caderas apenas tienen juego. Y luego están los que arrastran los pies; unos, con un roce intermitente porque sólo arrastran uno de los dos, y otros que, directamente, van barriendo el suelo.

Apenas corre el aire y una lluvia de hojas menudas y amarillas cubre el suelo de otoño y va desnudando los árboles. Un viejo dormita frente a mí, en un rincón al sol tibio de octubre. Pasa un viejo con boina y bastón que cojea de sus tres piernas. Yo decido caminar un rato hasta la hora de comer y, como cada vez que inicio la marcha, el dolor me roe la cadera izquierda y me alejo disimulando mi cojera.

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Remedios

Remedios duerme poco. Desde la madrugada Remedios espera pacientemente en la cama a que las auxiliares vayan a levantarla; pero en realidad no espera. Remedios no conoce ya la diferencia entre el día y  la noche, entre comer y no comer, entre sus hijos y los extraños, y por eso ya no espera nada de nada ni de nadie. Remedios pasa el día sentada junto a la ventana, las manos sarmentosas descansando sobre la falda, el rostro girado hacia el cristal y la mirada ausente que no reconoce nada allí fuera.

Tan sólo hay un momento, cada día, en que los ojos de Remedios vuelven a brillar y algo que asemeja una sonrisa se dibuja en su boca. Cada tarde, una joven desconocida vestida de blanco, se le acerca y deja sobre la mesa un plato con dos rebanadas de pan frito. Y Remedios vuelve a comer el pan que su padre acaba de freír para el desayuno.

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La casa

Volví a la casa por obligación, sin ningún afecto. Volví porque, muerto mi padre, alguien tenía que hacerse cargo de las gestiones y las cosas. Nunca como entonces deseé tanto haber tenido un hermano en el que apoyarme.

Entré como si el muerto fuera yo o como un extraño que da las luces y abre las puertas  y entra en las habitaciones como si estuvieran vacías. Vacías,  no; me daba cuenta, aun sin mirar, de que todo estaba en su sitio, de que todo seguía igual que la última vez, cuando madre me seguía por el pasillo, ahogando los sollozos con el mandil que arrugaba sobre la boca, sin decir nada, sin atreverse a decir nada, y yo salía de allí para no volver. No sé qué me empujó más a irme de aquella casa de hielo, si los gritos castrantes de mi padre o los silencios humillados de mi madre.

En realidad, sólo había sido feliz allí cuando chico, y no siempre. Mi único recuerdo feliz era el del abuelo, el padre de mi madre, cuando se sentaba en una silla de enea, al lado de la aspidistra del patio, y me contaba historias antiguas mientras yo merendaba pan con chocolate. Me fui como un sonámbulo hasta allí. Allí seguía la silla, con el asiento despellejado y seco y la madera aballada; pero no estaba la aspidistra. Mi madre cuidaba aquella planta que apenas necesitaba cuidados como si fuera el hijo pequeño que nunca llegó después de mí; la trasplantaba de cuando en cuando a un tiesto más grande cada vez, y le separaba hijos que plantaba en tiestos nuevos y colocaba alrededor del patio. No quedaba nada allí; una vez muerta mi madre, mi padre habría sido incapaz de cuidar de ellas, como no supo cuidar nunca de nosotros. Sólo quedaba una huella redonda en el suelo, la que había dejado el fondo de la maceta posada allí durante años; una circunferencia como de óxido bordeando un trozo pálido del patio escondido de la luz. Me quedé eclipsado mirando aquel vacío, la puerta del patio aún entreabierta y yo en el medio, sin entrar ni salir. Mi propio vacío  se rodeó de una herrumbre que me arañó la garganta como si tragara puntas oxidadas.

Me dejé caer en la silla del abuelo y me eché a llorar a borbotones.

 

(De las memorias de Ismael Blanco)

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En la estación

Yo entonces viajaba con frecuencia a la capital. Estaba haciendo un seminario a base de sábados y le había cogido el gusto a desayunar en la estación al llegar, y coger fuerzas hasta el final de la mañana, casi la tarde ya, cuando nos dejaban parar para comer.

Un día de estos, en medio de mi pequeña y provinciana rutina, se me acercó una mujer joven aún, extremadamente delgada, con un bolso a la espalda, correctamente vestida y peinada cuidadosamente con el cabello recogido en una cola sobre la nuca. Tenía los ojos azules, acuosos, tan dulces como el mar tranquilo del amanecer de aquellos días junto a Clara.

El recuerdo de Clara cambió de lugar y se alojó en mi garganta; por la felicidad de aquellos días y por el dolor que le siguió después.

La mujer, sin acercarse demasiado a mí, como si cuidara de no invadirme, me pidió algo de comer porque estaba temporalmente en la calle y estaba enferma.  Me tembló la voz cuando le dije que esperara un momento; porque yo necesitaba un momento para tragar saliva y pestañear, para dejar de dolerme por Clara, enferma también y lejos de mí. Rebusqué en el bolsillo del pantalón y le di un billete -ni siquiera sé de cuánto era- mientras ella dijo algo que no escuché. A miles de kilómetros de aquella estación, donde quiera que Clara estuviera, tenía que haber alguien capaz de secarle el sudor de la frente febril, de posarle una mano en el hombro pidiéndole calma, de susurrarle que todo iría bien. Tenía que haber alguien así cerca de ella. Alguien que la ayudara como hacía ahora yo con esta mujer anónima. ¡Por Dios, tenía que ser así…!

 

(De las Memorias de Ismael Blanco)

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La venganza

Sólo había una mujer pidiendo en la pescadería. Le pareció una “señora bien”, una mujer en la setentena, el pelo rubio arreglado en un recogido de peluquería, un vestido fresco tipo camisola, zapatos de medio tacón y piel morena de playa. Preguntaba constantemente a la dependienta sobre las características de los pescados y compraba un poco de cada cosa. Cuando se volvió hacia ella para mirar unos calamares pudo ver que la mujer iba maquillada discretamente, a no ser por el perfilador oscuro que rodeaba unos labios demasiado gruesos para ser naturales. Cuando preguntaba por la calidad de los gambones congelados, con ese tono habitual que se utiliza cuando necesitas comprar algo asequible de precio pero haces ver que lo desprecias por estar congelado, se dio cuenta de que la mujer llevaba el vestido del revés, el color de las listas lucía un poco desvaído y se veían las costuras sobre de la tela.

La mujer comentó sin que nadie preguntara que acababa de llegar de Galicia, donde había estado de vacaciones y había comido muchísimo y excelente pescado, pero aun así quería llevarse algunas cosas más. Después preguntó por las almejas blancas. Exactamente dijo: “¿Las almejas blancas son portuguesas, verdad?”. La dependienta se apresuró a responder con entusiasmo: “Sí, señora, vienen de Portugal”. La mujer dijo entonces: ¿Pero son buenas, no?

Le faltó decir “a pesar de ser portuguesas”, pero la pescadera lo entendió igualmente y defendió con entusiasmo la calidad de aquellas almejas que no eran gallegas.

Ella pensó que ya había escuchado demasiadas sandeces. Se acercó a la mujer y en voz baja, que la dependienta pudo oír también, le dijo “Disculpe, señora, pero no se ha dado cuenta de que tiene el vestido del revés”.

La mujer ahogó una exclamación tapándose la boca con la mano y empezó a moverse como si buscara un sitio en el que poder esconderse. Se desentendió de las almejas portuguesas y se la oyó balbucir “ay, por dios, ay, por dios, ¿qué hago ahora?…”.

Fue como explotar un globo que sube en el aire. Y no se arrepintió.

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