Limosna

Dijo “Buenos días” sin esperar respuesta. Como cada día, en la entrada del supermercado; apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, la misma cazadora y la misma gorra. Decía “buenos días” porque los clientes no reparaban ya en el bulto junto a la puerta y aquel saludo amable y poco comprometido le hacía visible de nuevo.

Me acostumbré a verle allí, y a comprarle alguna cosa para comer a la vez que compraba para mí. Tardé meses en preguntarle si tenía niños para comprarles dulces o chocolate, pero no me atreví a preguntarle si también le gustaban a él, como si no tuviera derecho a comer más que lo imprescindible. Ni me atreví a preguntarle si comía cerdo o se lo prohibía su religión y me limité  a evitar comprar nada que pudiera comprometerlo. Tampoco me atreví nunca a preguntarle cómo se llamaba, porque no me sentía con derecho a invadir su intimidad, y porque tenía miedo de que aquel chico se hiciera demasiado concreto para mí, y me remordiera demasiado la conciencia por dejar que las cosas pasaran de aquella manera. Porque ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos cuando, a la salida, le tendía lo que hubiera comprado para él, tanta era la vergüenza que yo sentía.

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Acerca de AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.
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2 respuestas a Limosna

  1. ib lector dijo:

    cierto como la vida misma

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  2. Miguelete dijo:

    Muy bueno, y cierto

    Me gusta

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