En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.

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Acerca de AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.
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