Mi memoria histórica.

La madre de mi padre se llamaba como yo, o, quizás mejor, yo me llamo como ella. Era una viejita pequeña y de carácter algo huraño, de moño apretado y nariz chata, muy chata, manos cuadradas de dedos cortos y vestida de gris, o de negro, o de negro con pintitas grises,…Recuerdo que, cuando ya estaba enferma, en una de esas largas enfermedades que socavan el cuerpo con tremenda paciencia hasta agotarlo, me llamaba para que le ayudara a ponerse las medias, tupidas y negras. Quizás su orgullo oculto bajo unos modos ásperos se relajaba un poco conmigo, porque llevaba su nombre y era la más pequeña. Mi abuela es ese recuerdo, y una fotografía familiar en el huerto de casa, seguramente un domingo después de misa, todos arregladitos, llevando en brazos a una niña menudita que no llega, probablemente, a los dos años, toda vestidita de blanco, y ella, toda vestidita de negro. Blanco sobre negro.

 Mi abuelo paterno, en cambio, sólo fue la fotografía de un hombre con chaqueta de pana, pantalón de pana, gorra y un varal bajo el brazo para ayudarse a dominar las vacas que cuidaba para otros.

 La madre de mi madre era la mujer joven que mostraba una cara resignada y envejecida prematuramente, y que aparecía en el cuadro del pasillo de mi casa en una composición fotográfica y extemporánea, forzada por la habilidad del fotógrafo, junto a un rostro masculino y joven, más joven que ella en tiempo y apariencia, peinado cuidadosamente, con un bigote rotundo y unos ojos tan profundos y negros como los míos y como los de mi hijo.

 El joven de la foto, mi abuelo materno, fue siempre el gran ausente, fue la presencia arrebatada. Durante años he visto al hombre de la foto con el mismo traje que lleva en ella pero sucio de barro, descosido y con los botones arrancados, con el cabello despeinado cayendo sobre la frente y los ojos negros, más negros aún por el miedo y la certeza de la muerte próxima, caminando junto a otros hombres sin rostro, tres o cuatro lo más, también jóvenes, todos con las manos atadas a la espalda y trastabillando por el borde de un camino, empujados a empellones por otros hombres de dientes apretados y rostro endurecido.

 He vivido con esta imagen todos estos años y hoy se me viene encima todo su miedo, toda su desesperación. Hoy, un documento escaneado, adjunto en un correo electrónico, me dice que su dolor y su impotencia tienen lugar y fecha. Víctor Sánchez González fue fusilado el 12 de septiembre de 1936 en Granadilla, provincia de Cáceres, a la altura del kilómetro  93,9 de la carretera de Valverde a Hervás; motivo de la muerte “disparos de armas de fuego”. El Registro Civil no toma nota de la realidad, solo de las circunstancias. Debería decir, motivo de la muerte “la intolerancia y la mezquindad” pero el apunte “disparos de armas de fuego” es mucho más conciso, y más gráfico. Debe serlo tanto, que aparece tachado. No está bien escribir que a alguien lo fusilan solo porque sí, sin cargos, sin juicio, solo con la sentencia de quien todo lo puede porque decide sobre la vida de hombres maniatados. El rigor profesional, en el margen del documento, aclara que las tachaduras se hacen por comunicación del superior del partido, en base a la orden nº 86 de la Ley. Qué cómodo es hacer leyes que protejan la impunidad y la vergüenza; menos mal que hay escribientes que dejan constancia en los papeles, constancia del deber cumplido, doble constancia del atropello de la muerte y del atropello de la mentira después. 

 Tenía treinta y seis años y, como sucedía en esos casos, a partir de su muerte, su viuda y sus cinco hijos vivieron como mal pudieron, bajo el signo de Caín, como tantos otros. El tiempo no lo cura todo, no nos engañemos, solo va echando tierra sobre nosotros, y por eso, cincuenta o sesenta años después, la biznieta del condenado sin delito y la biznieta del asesino pueden ser amigas, que en los pueblos pequeños, la mayor coincidencia es la edad y eso hace caer todas las barreras, sobre todo cuando la historia se ha tejido a base de silencios, unos, por temor, y otros, quizá por remordimiento.

 Mi madre ha vivido en el temor toda su vida, y nosotros, sus hijos, hemos tenido que librarnos de ese miedo que, a base de generaciones, se torna atávico, casi genético. El asesino quizá vivió en el remordimiento hasta convertirse en un viejo incapaz de soportar la carga de su delito. No hay redención sin castigo; quizá buscaba esa redención mientras hacía un nudo en la soga de la que acabó colgándose.

 

 

 

Acta de defunción

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Acerca de AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.
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5 respuestas a Mi memoria histórica.

  1. Concha dijo:

    Toda mi vida he vivido ese recuerdo, ahora al verlo escrito me quedo sin aliento, con un nudo en el alma que va a ser difícil deshacer.

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  2. rosa sanchez martin dijo:

    Un gran articulo. Saludos

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  3. Juan dijo:

    Una descripción excepcional, perfectamente tratada y cien por cien real. ¿ Cuántos iguales o similares hubo ?. Por lo que casi le tocó a mi familia materna, me siento identificado.

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