Neurosis

Olía a jabón. Un bebé que huele a jabón resulta delicioso, pero aquel hombre olía siempre a jabón y, por eso, al estar a su lado no podías menos de imaginar la persistente suciedad que le llevaba a lavarse constantemente las manos.

Todo en él era correcto y frío, su forma de vestir, de peinarse, de afeitarse e, incluso, de hablar; sin llamar la atención en colores o hechuras, de visita periódica al barbero, de afeitado diario y sin soltar tacos ni siquiera cuando estaba muy jodido. Porque él, en el fondo, estaba muy jodido y necesitaba esa apariencia relamida y encorsetada, y llegar antes de tiempo a todas las citas, y dejar cada mañana la taza del desayuno en el mismo sitio del fregadero, y contar los escalones que había hasta la entrada de su casa, aunque sabía que siempre eran los mismos, o los pasos que caminaba por la acera hasta llegar a la esquina, o colocar los bolígrafos en determinado orden de color sobre la mesa, o la compra sobre la cinta de la caja del supermercado en un orden estricto que solo él había decidido y que estaba fuera de toda lógica… porque solo así tenía la seguridad de que nada iba a desmadrarse, y de que nada iba a ser una amenaza. Porque solo así podía esquivar el miedo atroz a lo que pudiera pasar.

Cuando yo le conocí me vino a la memoria la imagen de un informativo de televisión donde hablaban de un hombre común, correcto con sus vecinos aunque no demasiado sociable, lo suficiente como para no destacar por arisco ni por metomentodo, que había sido detenido por la Policía porque ocultaba en su jardín varios cadáveres que alimentaban sus rosales desde hacía años. Miré a este hombre plano, aquí y ahora, y pensé que demasiado jabón no sería suficiente para limpiar aquella suciedad que él sabía oculta y que no habría jabón en el mundo capaz de acabar con el olor de los cadáveres que uno oculta en su jardín.

Yo entonces no lo sabía. Mucho tiempo después supe, que, efectivamente, en el jardín de su infancia había quedado enterrado un niño de siete u ocho años; el niño que él debería haber sido si nunca hubiera tenido que bajar a la sacristía después de la catequesis, cuando ya todos se habían marchado a casa y Don Florencio, que en el infierno esté, le pedía solo a él que se quedara para enseñarle a ser monaguillo.

Anuncios
Publicado en Microrrelatos | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

Mujeres

Yo nunca quise ser mujer. Nunca quise ser la mujer que los demás querían que fuera.

Desde niña odié el rosa porque me señalaba diferente a los niños, odié a mi madre cuando quería hacer de mí una mujer de su casa, a la profesora del instituto que me daba clases de Labores para que aprendiera a bordar, a mi padre y a mi madre por la libertad que tenía  mi hermano y nos negaron a mi hermana y a mí, al violador que me atacó en el metro, a la Naturaleza por obligarme a tener la regla y a parir (todo con dolor) para tener un hijo, a todos los que esperaban que dejara de trabajar para criarlo, a los que creían que no sería capaz de romper el techo de cristal, a todo el que no me respetaba como independiente y libre…

Por eso me negué siempre a ser diferente, por eso leí, y estudié, y  miré a todos lados y aprendí en todas partes y eduqué a  mi hijo en la igualdad de sexos. Por eso, también, firmé  mi primer libro con la inicial de mi nombre para que no se supiera, en la portada, que estaba escrito por una mujer, sino solo por alguien que tenía algo que contar.

Porque yo solo quería ser persona. Solo eso.

Publicado en Artículos de opinión | Etiquetado , | 1 Comentario

Cosas que pasan

Dijo que se llamaba Laura.

Pero eso lo dijo después, cuando ya le había hecho las preguntas importantes.

Yo había bajado a los aseos de la estación, y, en la puerta, un guardia de seguridad me dijo que me fuera al baño que había en el otro extremo. Me cortó el paso mientras volvía la cara hacia una chica joven, muy joven y muy pálida, que estaba tumbada en el suelo. Me fijé sin darme cuenta en eso, en que era joven y estaba pálida, y se protegía la tripa con la mano izquierda, en la que llevaba también el móvil. Se quejaba lastimosamente, se balanceaba un poco hacia los lados y no estiraba las piernas.

Obedecí por inercia, y porque, a menudo, se me olvida que soy médico y lo que los demás esperan de un médico. Y porque asumí que el guardia era la autoridad y tenía todo controlado. Pero volví a los pocos minutos. Ya habían puesto una barrera para evitar que la gente siguiera bajando hasta allí y, en lugar de un segurata, había tres, hablando entre ellos. Volví porque pensé que quizás la chica necesitaba ayuda. Pensé en la hija que no tengo, en el hijo que tuvo un ataque de apendicitis en el extranjero, en el sobrino que tuvo una salmonelosis solo y lejos de casa, pero, sobre todo, pensé en el trato frío y distante, profesional pero absolutamente falto de empatía que había demostrado el segurata. Porque no estaba agachado junto a ella, tratando de tranquilizarla; estaba de pie, tapando la puerta, asegurándose de que nada se le descontrolara mientras la chica gañía como un perro maltratado.

En cuanto traspasé la barrera, los guardias dejaron de hablar y me echaron el alto. El baño estaba cerrado, dijeron. Y yo respondí con calma que ya lo sabía, pero es que yo era médico (lo dije como disculpándome por el atrevimiento) y creía que podía ayudar. Uno de ellos, el más alto y el más rubio, y también el más imbécil, me preguntó si llevaba algún tipo de acreditación encima y a mí me pareció que el tono era un poquito desafiante. Por eso me estiré un poco para decirle “¡pues claro!” de la misma manera en que podría haberle preguntado si era idiota. No hizo falta sacar el carnet porque el compañero, con más sentido común, me pidió que pasara y se acercó conmigo.

Laura, todavía sin nombre, seguía en el suelo, la piel como el mármol, quejándose y respirando apresuradamente, con la respiración superficial que intenta no mover el abdomen. A su lado, agachada, ahora sí, estaba una mujer, también guardia de seguridad. Casi sin darme cuenta, como un autómata, las preguntas comenzaron a fluir, desde cuándo, cómo, dónde te duele, se te pasa en algún momento, has ido al baño, tienes la regla, estás embarazada… las preguntas típicas para hacerme un mapa de probabilidades, y mis manos cálidas retiraron una mano gélida y temblorosa y empezaron a palpar. El guardia que había permitido mi entrada, se alejó, respetuoso, mientras la guardia siguió agachada junto a la chica.

Después de la primera evaluación ya sí, le retiré de la frente el cabello mojado por el sudor, le cogí la mano para que sintiera que no estaba sola y le pregunté cómo se llamaba. Alguien dijo que el SAMUR estaba a punto de llegar, y, mientras tanto, la llamé por su nombre y le pedí que estuviera tranquila.

Efectivamente, los del SAMUR llegaron en seguida. Me aparté un poco para dejarles sitio y paciente;  es cuestión de escalafón. Tres personas de golpe es una multitud, y los maletines ocupan muchísimo, aunque ellos no llevaban maletines, ni silla para traslado, ni camilla de cuchara, ni nada… Llegaron con sus chalecos reflectantes y los ojos de mirar, que lo mismo no es nada.

El técnico se agachó inmediatamente y empezó a hablar con ella. El médico se quedó de pie, mirando desde arriba y mirándome a mí un poco inquisitoriamente y yo me sentí en la obligación de justificar de nuevo por qué estaba allí. “¿y, qué?”, preguntó el del SAMUR como si me pidiera cuentas. Lo puse al día inmediatamente, le dije qué le pasaba y desde cuándo, cómo era el dolor y la falta de otros síntomas, la taquicardia y la vaga resistencia que había encontrado al palpar y dónde la había encontrado, la ausencia de embarazo y de regla… Él puso cara de estar de vuelta de muchas cosas, y, sin cambiar de postura, pero levantando levemente las cejas, dijo algo de la regla. Me pareció que solo le faltó añadir “claro, cosas de mujeres…” Y yo deseé que le doliera a él, que ojalá le diera un retortijón que lo doblara por la mitad para que se le bajaran esas cejas presuntuosas.

Me enojó tanta displicencia, la del médico del SAMUR y, antes, la del segurata, tanta falta de empatía, tan poca sangre en las venas.  Me enfadé, pero solo dije que no, que parecía un ataque de apendicitis o un quiste de ovario. Me volví hacia Laura, inmóvil y dolorida, y volví a llamarla por su nombre para decirle que me marchaba. Quería que sintiera que ella era alguien importante para alguno de los que estábamos allí, al menos, para mí.

Al pasar de nuevo la barrera que impedía el acceso a los baños, había un corrillo de seguratas y policías. El rubio y alto interesado en acreditaciones le decía a otro “se ha quedado una señora que es médico con ella. Menos mal”, y  me miró al pasar y otros saludaron también. Yo pensé que el que es imbécil no se conforma con demostrarlo una vez, e insiste e insiste… y me limité a sonreír con la más irónica de las sonrisas irónicas de mi catálogo personal.

Publicado en Microrrelatos, Relatos | Etiquetado , , , , , , , | 2 comentarios

Dios

Quiso ser Dios. Y escribió una novela.

Publicado en Microrrelatos | Etiquetado , | 4 comentarios

Karma

Yo había cogido el primer tren de la mañana, de noche aún, y, como siempre, me puse a leer un rato. Había empezado hacía unos días la última novela de Almudena Grandes, “Los pacientes del Dr. García” y quería aprovechar la hora y media de viaje, porque no es éste un libro que se pueda leer de a poco.

El vagón casi se había llenado esa madrugada, al final de un trimestre universitario, con gente joven acarreando mochilas y maletones. Al cabo de diez minutos casi todos estaban dormidos, unos encogidos, otros contorsionados y, hasta alguno había con la boca abierta.

La chica rubia que se había sentado en mi fila, en el otro lado del pasillo, iba despierta y, de vez en cuando, miraba el móvil o bebía agua de una botella. Al cabo de una media hora cogió una bolsa de plástico blanco que había dejado sobre el asiento libre, la abrió, sacó una mandarina y se puso a pelarla. El aroma penetrante de la piel de la naranja, explotando en múltiples gotitas microscópicas, se extendió rápidamente y llegó hasta mí, de un modo tan intenso que eché de menos no tener también los dedos pegajosos.

Justo en ese mismo momento yo leía la página 117 de la novela de Almudena Grandes. Leí, me volví a mirar a la chica y volví a leer el mismo párrafo. Justo aquel que dice, “Manolo aceptó la misión y disfrutó de la luz, del sabor casi olvidado de las naranjas”.

Publicado en Microrrelatos | Etiquetado , , , , , | 1 Comentario

Desayunos en la estación

Desayunar en la estación se convirtió en un ritual. Había varios sitios para elegir pero yo siempre iba al mismo, como si acudiera a una llamada.

En uno de los locales, abierto al recibidor de la estación, ponían unas tostadas enormes -para muertos de hambre-, de pan reciente y dorado; y las camareras eran tan ágiles que no te dejaban tiempo para elegir si no lo traías pensado de casa. Pero yo iba a un local cerrado, de nombre impronunciable –después de años de frecuentarlo nunca entendí el nombre en la bienvenida con la que te saludaban al llegar-.

La mayor parte de los días había una camarera tan diligente, que manejaba ella sola el servicio de la barra, y, en sus idas y venidas, después de saludarte con aquel nombre ininteligible, te iba preguntando por todos los tipos de leche imaginable –incluso la no leche-, en todas las temperaturas posibles y acompañada de zumos de todos los tamaños y precios. Yo tomaba el café solo, pero asistía a este despliegue de posibilidades mientras esperaba mi turno. Tenía la sensación de que pedirle el café solo era como cortarle las alas, y haber decidido de antemano que la tostada sería con aceite pero sin tomate, era rematarla. Aunque quizás ella agradeciera dar con alguien que tuviera las decisiones tomadas.

Otras veces, y no pocas, me encontraba en su lugar a un camarero con más años trabajados que los que le quedaban para jubilarse. Él, como yo, había renunciado a entender el nombre de la cafetería, y evitaba saludar pronunciándolo cuando llegabas. Pasaba a preguntar lo que querías -a veces solo con la mirada, se quedaba parado delante de ti y esperaba a que pidieras- y, por supuesto, sin dar demasiadas opciones. Supongo que, de vez en cuando, se daba cuenta de que no estaba cumpliendo con lo que la empresa esperaba de él y, de pronto, le preguntaba a alguien si quería un zumo, pero sin sentir la necesidad de repetirlo al siguiente y al siguiente, que estaban al lado y ya lo habrían escuchado.

Desayunar con él era una aventura, lo del café solo no dejaba lugar a dudas, pero lo de la tostada con aceite ya era otra cosa. El pan, descongelado, pequeño y  mermado por el calor, podía aparecer pálido como la muerte, solo calentado levemente, o con los bordes carbonizados, y el aceite, en un plis plas, podía convertirse en una barrita de mantequilla o en un envase de tomate triturado. Alguna vez, hay que decirlo, pero solo alguna vez, acertaba con todo lo necesario. Cuando él estaba, la cola de gente que esperaba para pedir parecía no acortarse nunca, al contrario, se iba haciendo más larga y se llenaba de bultos y maletones que nadie se atrevía a dejar en una mesa para no abandonarlos durante mucho tiempo. Quizás los viajeros despistados y novatos pensaban que aquel sería el mejor sitio para desayunar porque había mucha gente esperando. A mí, esta demora me permitía observar el pequeño mundo de la cafetería y nunca me pareció tiempo perdido.

Yo me preguntaba a veces por qué seguía yendo allí y creo que la respuesta estaba en la imperfección, y en lo imprevisible. Llegar y encontrarme con el camarero despistado –o sordo, nunca llegué a saberlo- rompía el estereotipo, rompía la idea de franquicia encorsetada de aquel local y de las personas empleadas allí. Él era la garantía de que seguía existiendo la individualidad, la belleza de la imperfección que define a cada uno, y esperar las sucesivas variantes que inventaba para no dar con mi sencillo desayuno era una aventura a la que no quería renunciar antes de dejarme engullir por la ciudad.

Con el tiempo pocas cosas quedaron en mi memoria de aquellos viajes y de aquella estación pero aquel camarero y lo que él representaba han seguido vivos en mi memoria al cabo de tantos, tantos años ya.

Publicado en Microrrelatos | Etiquetado , , , , , , , , | 2 comentarios

La fotografía

Alguien compartió la foto en Facebook. Una foto en blanco y negro de un hombre anciano, con la cabeza girada hacia su izquierda, mirando a un crío de unos tres años que estaba sentado a su lado, absorto ante la cámara, los pies cruzados en el aire, colgando, y un cochecito de juguete sujeto entre las manos.

El niño parecía ajeno al viejo, concentrado solo en la magia de la fotografía. El viejo había pasado un brazo por los hombros del crío y apoyaba blandamente su mano izquierda sobre el hombro del pequeño.

No sabía quién era el anciano ni quién era el niño; ni siquiera conocía a la persona que había compartido la fotografía. Pero sintió de nuevo aquel cosquilleo detrás de las orejas, el cuerpo como ahuecado -quizás eso era la felicidad, no notar el peso de tu cuerpo, no notar que has de esforzarte para caminar, levantas ahora un pie y luego el otro y te despegas del suelo levemente-, y sintió sobre su hombro adulto la mano protectora del abuelo que nunca conoció.

Publicado en Microrrelatos | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario