Dios

Quiso ser Dios. Y escribió una novela.

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Karma

Yo había cogido el primer tren de la mañana, de noche aún, y, como siempre, me puse a leer un rato. Había empezado hacía unos días la última novela de Almudena Grandes, “Los pacientes del Dr. García” y quería aprovechar la hora y media de viaje, porque no es éste un libro que se pueda leer de a poco.

El vagón casi se había llenado esa madrugada, al final de un trimestre universitario, con gente joven acarreando mochilas y maletones. Al cabo de diez minutos casi todos estaban dormidos, unos encogidos, otros contorsionados y, hasta alguno había con la boca abierta.

La chica rubia que se había sentado en mi fila, en el otro lado del pasillo, iba despierta y, de vez en cuando, miraba el móvil o bebía agua de una botella. Al cabo de una media hora cogió una bolsa de plástico blanco que había dejado sobre el asiento libre, la abrió, sacó una mandarina y se puso a pelarla. El aroma penetrante de la piel de la naranja, explotando en múltiples gotitas microscópicas, se extendió rápidamente y llegó hasta mí, de un modo tan intenso que eché de menos no tener también los dedos pegajosos.

Justo en ese mismo momento yo leía la página 117 de la novela de Almudena Grandes. Leí, me volví a mirar a la chica y volví a leer el mismo párrafo. Justo aquel que dice, “Manolo aceptó la misión y disfrutó de la luz, del sabor casi olvidado de las naranjas”.

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Desayunos en la estación

Desayunar en la estación se convirtió en un ritual. Había varios sitios para elegir pero yo siempre iba al mismo, como si acudiera a una llamada.

En uno de los locales, abierto al recibidor de la estación, ponían unas tostadas enormes -para muertos de hambre-, de pan reciente y dorado; y las camareras eran tan ágiles que no te dejaban tiempo para elegir si no lo traías pensado de casa. Pero yo iba a un local cerrado, de nombre impronunciable –después de años de frecuentarlo nunca entendí el nombre en la bienvenida con la que te saludaban al llegar-.

La mayor parte de los días había una camarera tan diligente, que manejaba ella sola el servicio de la barra, y, en sus idas y venidas, después de saludarte con aquel nombre ininteligible, te iba preguntando por todos los tipos de leche imaginable –incluso la no leche-, en todas las temperaturas posibles y acompañada de zumos de todos los tamaños y precios. Yo tomaba el café solo, pero asistía a este despliegue de posibilidades mientras esperaba mi turno. Tenía la sensación de que pedirle el café solo era como cortarle las alas, y haber decidido de antemano que la tostada sería con aceite pero sin tomate, era rematarla. Aunque quizás ella agradeciera dar con alguien que tuviera las decisiones tomadas.

Otras veces, y no pocas, me encontraba en su lugar a un camarero con más años trabajados que los que le quedaban para jubilarse. Él, como yo, había renunciado a entender el nombre de la cafetería, y evitaba saludar pronunciándolo cuando llegabas. Pasaba a preguntar lo que querías -a veces solo con la mirada, se quedaba parado delante de ti y esperaba a que pidieras- y, por supuesto, sin dar demasiadas opciones. Supongo que, de vez en cuando, se daba cuenta de que no estaba cumpliendo con lo que la empresa esperaba de él y, de pronto, le preguntaba a alguien si quería un zumo, pero sin sentir la necesidad de repetirlo al siguiente y al siguiente, que estaban al lado y ya lo habrían escuchado.

Desayunar con él era una aventura, lo del café solo no dejaba lugar a dudas, pero lo de la tostada con aceite ya era otra cosa. El pan, descongelado, pequeño y  mermado por el calor, podía aparecer pálido como la muerte, solo calentado levemente, o con los bordes carbonizados, y el aceite, en un plis plas, podía convertirse en una barrita de mantequilla o en un envase de tomate triturado. Alguna vez, hay que decirlo, pero solo alguna vez, acertaba con todo lo necesario. Cuando él estaba, la cola de gente que esperaba para pedir parecía no acortarse nunca, al contrario, se iba haciendo más larga y se llenaba de bultos y maletones que nadie se atrevía a dejar en una mesa para no abandonarlos durante mucho tiempo. Quizás los viajeros despistados y novatos pensaban que aquel sería el mejor sitio para desayunar porque había mucha gente esperando. A mí, esta demora me permitía observar el pequeño mundo de la cafetería y nunca me pareció tiempo perdido.

Yo me preguntaba a veces por qué seguía yendo allí y creo que la respuesta estaba en la imperfección, y en lo imprevisible. Llegar y encontrarme con el camarero despistado –o sordo, nunca llegué a saberlo- rompía el estereotipo, rompía la idea de franquicia encorsetada de aquel local y de las personas empleadas allí. Él era la garantía de que seguía existiendo la individualidad, la belleza de la imperfección que define a cada uno, y esperar las sucesivas variantes que inventaba para no dar con mi sencillo desayuno era una aventura a la que no quería renunciar antes de dejarme engullir por la ciudad.

Con el tiempo pocas cosas quedaron en mi memoria de aquellos viajes y de aquella estación pero aquel camarero y lo que él representaba han seguido vivos en mi memoria al cabo de tantos, tantos años ya.

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La fotografía

Alguien compartió la foto en Facebook. Una foto en blanco y negro de un hombre anciano, con la cabeza girada hacia su izquierda, mirando a un crío de unos tres años que estaba sentado a su lado, absorto ante la cámara, los pies cruzados en el aire, colgando, y un cochecito de juguete sujeto entre las manos.

El niño parecía ajeno al viejo, concentrado solo en la magia de la fotografía. El viejo había pasado un brazo por los hombros del crío y apoyaba blandamente su mano izquierda sobre el hombro del pequeño.

No sabía quién era el anciano ni quién era el niño; ni siquiera conocía a la persona que había compartido la fotografía. Pero sintió de nuevo aquel cosquilleo detrás de las orejas, el cuerpo como ahuecado -quizás eso era la felicidad, no notar el peso de tu cuerpo, no notar que has de esforzarte para caminar, levantas ahora un pie y luego el otro y te despegas del suelo levemente-, y sintió sobre su hombro adulto la mano protectora del abuelo que nunca conoció.

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Transparencias

No sé si fue el modo en que lo preguntaste, o cómo quise escucharlo yo. Han pasado meses desde entonces y, casi a diario, vuelvo a recordarlo: Yo, ocupada en buscar las monedas para pagar la cuenta, y tú en la espera profesional del que ha de tratar con el público. Todo muy normal. Y, de pronto, dijiste “¿hoy no curras?”. Fue como si una figura humana apareciera de entre la niebla, como si un rostro se dibujara en el fondo anodino de un cuadro. Levanté la vista, espero que no se notara mi sorpresa, y te miré al otro lado de la línea que habías trazado. Esas palabras se instalaron en mi consciencia a machamartillo, como si no hubiera más sonidos, ni antes ni después.

 

Llevaba tanto tiempo siendo transparente, que, de pronto, el que tú me vieras me desconcertó. El que alguien pudiera individualizarme, el que, remotamente, yo pudiera importarle a alguien, siquiera fuera un momento, me hizo sentir como el que dobla una esquina y, de pronto, se enfrenta a un vendaval que barre la calle y te abofetea el rostro. Algo se tambaleó dentro de mí, y cayó estrepitosamente. Las barreras que, tan cuidadosamente había ido levantando, se habían convertido en escombros.

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Los nombres

Siempre quiso ser escritor, pero lo supo tarde. Cuando la necesidad de escribir afloró y se apoderó de él ya era un hombre hecho y derecho, tan hecho y tan derecho que no tuvo valor para vivir.

Por eso ahora escribe cuidadosamente los nombres de hombres y mujeres que se casan, o se emparejan, y se divorcian o se separan, a veces, después; y tienen hijos con nombres que él también apunta con cuidado -con aquella estilográfica que le regalaron sus padres cuando aprobó las oposiciones para el Registro Civil, cuando  supo que ya nunca iba a escribir sobre las vidas que en su vida había-, mientras imagina lo que cada nombre esconde, lo que cada nombre le revela.

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Carnaval

Se puso la bata blanca sobre el pijama azul –no le gustaban los verdes; siempre le parecieron de quirófano-. Se calzó unos zuecos con la desconfianza de si, al final, se le mojarían los pies, y se puso al cuello el fonendo. No, en el cuello, no; parecía un sponsor  de una clínica de estética. Enrolló las gomas en una vuelta amplia y se lo metió en el bolsillo derecho de la bata, así tampoco se le caería al agacharse. Ya iba a salir cuando se acordó de los bolígrafos. Cogió uno negro, dos azules, uno rojo y dos rotuladores fluorescentes y los colocó como pudo en el bolsillo del pijama.

Se echó a la calle, entre gente que vociferaba y se abrazaba con gestos excesivos; entre payasos, dráculas, esqueletos, curas y monjas pintarrajeadas como putas, cupletistas y extraterrestres. Era sábado de carnaval y, desde hacía más de veinte años, él cambiaba las guardias para librar esa noche; para poder salir a la calle con la ropa de trabajo teniendo la certeza absoluta de que nadie iba a pedirle que se acercara al borracho que acababa de reventarse la cabeza contra el asfalto. Una vez más se sintió como un chiquillo que hace novillos en el colegio.

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